Realpolitik y fumar en bicicleta
por Luis Chaves
La filosofía estudia la filosofía, digo esto sin ser ni lejanamente experto en esa disciplina. También lo digo porque me parece que es el argumento de sus detractores. Lo que se originó como una práctica dedicada a estudiar (en el sentido de tratar-de-comprender) la realidad, cuestionando precisamente qué se entiende por “realidad”, fue metiéndose poco a poco en camisa de once varas que terminó en el lugar de mirarse el propio ombligo. Algo similar pasa con cierto sector de la literatura, Kurt Vonnegut lo señaló muy bien “Literature should not disappear up its own asshole”. Con todo y todo, rescato y defiendo incluso a los onanistas de la filosofía y la literatura. Los de ayer, hoy y mañana. Celebro la armadura insolente de esa facción minúscula y menospreciada. Lo inútil es punk.
La celebro aún más en este contexto de Realpolitik que, a gritos y golpes, entró ya en la etapa de Weltpolitik (soy un hombre de cierta edad y por temor al mansplaining prefiero no explicar los términos). Cada quien en sus trincheras, dedicarse con pasión o necedad a lo que queda fuera de lo utilitario o pragmático es otra forma de activismo. Cuando hasta la salud (convertida en lo-saludable) se valora por su potencial productivo, sumergirse en disciplinas baldías para la narrativa dominante es un gesto de resistencia. No producen lo que impone el discurso patronal, producen otra cosa.
Y a esta altura no hablo solo de filosofía, literatura o artes en general, pienso en una actitud o apuesta más amplia, digamos elegir la ruta larga, ser magnánimo en la derrota (es fácil serlo en el triunfo), fumar en bicicleta, cabrearse sin pedir disculpas o disculparse sin cálculo, defender algo que no nos beneficie directamente, la lentitud, usar medias con chanclas, abrazar lo demodé, lo anacrónico, poner todos los huevos en la misma canasta.
No se interprete lo que sigue como truco de quienes se autodenominan aliades, lo traigo porque, si bien desde otro tema, encuentro relación con lo que trato de desarrollar aquí. En el primer ensayo de Teoría King Kong, Virginie Despentes entrega un cartucho de dinamita: “Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece un asunto más interesante que ningún otro.”
Cuando cursaba la escuela primaria en el milenio pasado, las noches de domingo dos canales de TV abierta (la única que había) pasaban, a la misma hora, La casa de la pradera (o La familia Ingalls, serie gringa melodramática y de buenos-valores-familiares) y El Chavo del 8. En -calculo- más de la mitad de los hogares se prohibía a los chamacos sintonizar El Chavo, de modo que la población escolar se dividía entre quienes veían a la familia gringa rubia y moralista y quienes veían el devenir de familias disfuncionales que se solidarizaban en lo importante: la animadversión hacia el arrendador. Valorame ésta, Señor Barriga.
Sí, el mundo está en manos de la familia Ingalls. Pero hay muchas formas de ser punk.