CUANDO NO ALCANZA LA MÚSICA

por Luis Chaves

Me gusta el espacio que se extiende desde el momento exacto en que finaliza el 25 de diciembre hasta el instante inmediato anterior al 31. Aunque sean jornadas laborales, se trabajan con otra sensación, son días difíciles de clasificar, esquivos a todo intento de normalización, ingobernables, se niegan a la domesticación o sometimiento, aparecen en la llanura de cada fin de año con la elegancia y desenfado galopante de cinco caballos salvajes. Podría decirse que se rigen por otra medida de tiempo, atributo ideal -si uno tiene dicha inclinación- para el estado contemplativo, la introspección y/o la deriva mental. Por ejemplo, esta: 

Keith Jarrett, se forjó una trayectoria larga y prestigiosa como músico de jazz, tanto por sus colaboraciones tempranas con gigantes como Art Blakey y Miles Davis (quien alguna vez, dijo que admiraba cómo Jarrett podía hacer música de la nada). Dueño de oído absoluto desde la infancia, se formó en la interpretación de clásicos como Bach y Haendel (en piano, clavicordio y órgano). También ha participado en álbumes del enorme Arvo Part, minimalista místico a quien llegué hace un par décadas gracias a mi amiga la bailarina Mar Trejos (mitad del legendario dúo Diquis Tiquis junto a Alessandro Tosatti); de Part tuve un disco compacto que venía con blurb de REM: Arvo Part is a house on fire. Volviendo a Keith Jarrett, hoy tiene 80 años, sufrió un par de derrames cerebrales en 2018 que le inhabilitaron el brazo izquierdo y desde entonces no ha vuelto a tocar piano.

La otra mitad del prestigio internacional de Jarrett viene de los conciertos de improvisación en el piano que grabó en vivo desde inicios de los 70. El más conocido, Koln Concert, grabado en directo en 1975 a sus 29 años, es el álbum de piano solo de jazz más vendido en la historia.

No se alarme nadie, no voy de exquisito ni podría, mi domicilio electoral es Zapote. Escucho  y disfruto diversos géneros musicales, me sumerjo de cabeza en, pongamos, Jugo de Piña o bandas tipo Bikini Kill, Rita Indiana y los Misterios. Ahora bien, lo cierto es que no tengo formación musical, desconozco el vocabulario para precisar, más allá de lo subjetivo, qué es lo que pasa dentro de la música que me acompaña y reconforta. Me ayudo con el descargo del gran cuentista noruego Kjell Askildsen (en su caso refiriéndose a la literatura): no soy ningún crítico, soy un hombre sin estudios, no poseo ninguna de las palabras necesarias para decir por qué algo es bueno. Sepan, pues, disculpar la forma rudimentaria con la que trato de explicar lo que sigue.

De los conciertos de piano improvisados registrados en vivo regreso a menudo al Jarrett del Concierto de Viena (1992) y de La Scala (Milán, 1995). A manera de liner notes, en el disco del Concierto de Viena, Jarrett escribió, “he coqueteado por largo tiempo con el fuego, muchas veces saltaron chispas pero la música de esta grabación habla, al fin, el idioma propio de las llamas.” 

Llegué por el camino largo para contarles de La Scala, concierto dividido en tres del que sobre todo la primera parte, no importa cuántas veces la escuche, me atraviesa sin violencia, si fuera posible: me atraviesa como un rayo lento. Lo que sea que sucede ahí me arma, desarma y me vuelve a armar. Es un ¿movimiento? de 45 minutos que recibo como el arco narrativo de algo, un ciclo o periodo, incluso de una vida entera. Inicia sereno, sin prisa, por la sombra, deteniéndose en cada nota, complicándose poco a poco al avanzar llegando (20′ adentro) a pasajes oscuros, confusión y caos que parecen insalvables y que a partir del 35′, primero sutilmente, va encontrando una dicción de gracia quieta e íntima y a la vez luminosa para desembocar en un final transparente, limpio, inimaginable minutos atrás. 

En ese segmento de cierre emerge un orden lúcido y progresivo, la mano derecha de Jarrett en las notas altas que sin apuro se empiezan a imponer sobre la angustia que ejecuta con la mano izquierda en notas más graves, hasta que el sentimiento que genera la derecha logra cubrir y calmar lo que expresa con la izquierda, me sale decir que se entienden y se sincronizan en una misma dirección clara en su belleza compleja, enrarecida, como la belleza de todo lo fallido o fisurado. 

Ahora, esto me maravilla aún más: Jarrett, artista dotado y en estado de gracia, no hay que olvidarlo, está improvisando (el disco es la grabación de algo que sucedió una sola vez), no es música escrita antes, y en pasajes climáticos llega a lugares donde ni siquiera a él, artista fuera de serie, le alcanzan la melodía y armonía del llamado idioma universal y trata de completar con su propia voz lo que considera le falta a su música.  Se le escucha gemir, murmurar y exclamar encima del tempo y las notas que le están quedando cortas. Como si reconociera resignado (o quizás todo lo contrario) “vuelvo a la voz donde no me basta la música”.

Era eso.

No ignoro la inutilidad de lo que acabo de hacer, extenderme con detalles de algo estrictamente personal, yo mismo habría abandonado este texto en los primeros párrafos. El goce es intransferible. Sé que a esta altura estoy hablando solo, lo que me lleva a pensar que, como si me contara yo mismo la película que acabara de ver, escribí esto para mí. La escritura no es terapia; ahora, lo que haya querido decirme aquí me tomará tiempo descifrarlo.

En fin, son las 00:34 del 31 de diciembre, la casa a oscuras salvo por la luz de la compu, estoy en mi escritorio rodeado de libretas, libros, un blister de Enalapril 5 mg, lápices y lapiceros, fotografías de Ari y Julia en la pared, el cenicero, la taza de café de la mañana al lado de una lata de Pilsen ya tibia. Me gustan estos días desnaturalizados, anárquicos, monumentos a la improvisación. Son las 00:38, si cierro los ojos, escucho el galope contagioso de caballos salvajes.